El peso de mi armadura

Actualizado: 3 de sep de 2018



¿Alguna vez has sentido que los otros ven una faceta de ti que no refleja realmente quién eres?, ¿o que esa característica que tanto valoran de tu forma de ser, a veces se siente como una carga?. Seguro más de una vez has sentido la necesidad de ocultar cómo te sientes realmente por temor a la reacción de los demás o de no hacer algo que quieres porque puede resultar mal.


Uno de mis libros favoritos desde la adolescencia es El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher. Una fábula sencilla y breve pero profundamente clarificadora. Ya no recuerdo bien el detalle de la historia pero recuerdo, como si lo hubiera leído hoy, lo identificada que me sentí con la idea de que quienes nos rodean no necesariamente ven en nosotros quienes realmente somos, porque lo hemos ocultado, en un intento por protegernos de lo incierto.


En pocas pero claves palabras, este libro me ayudó a entender cómo armamos corazas para protegernos del mundo que nos rodea, de las que después nos volvemos víctimas, porque nos quitan libertad, posibilidad de adaptación, porque ocultan nuestros temores, debilidades y las vulnerabilidades de nuestro corazón. En otras palabras, porque ponen una distancia segurizadora, pero que nos aísla de un contacto genuino con nuestro entorno, con quienes nos rodean, con quienes amamos.


Estas armaduras (nuestros mecanismos de defensa) las creamos como seres inteligentes que somos, para protegernos de lo que percibimos como amenazas, levantando barreras para evitar siquiera la posibilidad de salir heridos, de sufrir, de lamentar consecuencias que pudieran ser negativas. Así, bloqueamos las emociones como la tristeza o el miedo, para mostrarnos fuertes y valientes, pero olvidamos que sin ellas nos convertimos en personas menos empáticas (con los otros y con nosotros mismos), incapaces de mirar nuestro interior con honestidad (el gran aporte de la tristeza a nuestras vidas) y con serios problemas para reconocer aquello que realmente nos pone en peligro (utilidad evolutiva del miedo). Dejamos de hacer lo que nos nace, porque puede no agradar, y de pensar acerca de lo que nos resulta incómodo, porque nos hace sentir mal, pero olvidamos que esto merma nuestra autoestima, limitando nuestras potencialidades y restringe nuestras capacidades de aprender de nuestros errores.


Aprendemos así a disfrazar la fragilidad humana de nuestra piel (lo que realmente somos) por la fortaleza del metal (lo que nos gustaría ser o creemos que los otros esperan de nosotros, el ideal), hasta que un día de tanto hacerlo no nos es posible recordar lo que se esconde bajo ese peso. De este modo, lo que en algún momento fue una inversión de energía (al construir estas defensas o muros para protegernos) se convierte en un gasto innecesario de nuestros recursos mentales, emocionales y conductuales (porque deja de ser un aporte para nuestro desarrollo al aparecer en contextos que ya no lo requieren).


Peor aún, al ocultar aquellas partes de nosotros que en un momento determinado nos hicieron sentir vulnerables, también se escondieron aquellas que nos hacían brillar, que nos segurizaban, en las que se depositaba el amor propio y también el de quienes nos rodeaban. Esto, ya que nuestra mente no tiene la capacidad de seleccionar las áreas que desea esconder y comienza a camuflar (de manera inconsciente y automática) lo que cree le conviene, sin preguntarnos. De pronto, hay partes de nosotros que ya no se muestran, que hemos perdido, confundimos lo que somos con lo que mostramos de nosotros y terminamos adoptando como propio aquello que creímos sería más útil o mejor visto.


Felizmente, las armaduras pueden levantarse, podemos derribarlas y la mejor forma para hacerlo es simplemente atrevernos a mirar en nuestro interior, atrevernos a mostrar lo que realmente somos y a descubrir que si bien hay riesgos, hay dolor, hay vulnerabilidad, es precisamente eso lo que nos hace humanos y lo que permite que el otro conecte con nosotros, así como nosotros conectemos con quienes nos rodean.


¿Cuándo fue la última vez que le expresaste a esa persona lo importante que es su presencia en tu vida sin temor a que no sea recíproco, que pediste a tus amigos un espacio para poder desahogar tus penas o frustraciones aun cuando ellos sólo compartían sus alegrías, que le pediste a tus padres un abrazo sin temor a sentirte ridículo porque ya no eres un niño?.


Un buen ejercicio puede ser preguntarte qué aspectos de ti son los que más te esfuerzas por ocultar y por qué. Atrévete a mirarte como eres para que puedas tomar consciencia de cómo te ven los otros y puedas evaluar: ¿será necesario mantener la misma armadura o es hora de construir una nueva, más coherente con tus debilidades de hoy así como con tus fortalezas actuales?


#defensas #miedo #tristeza #identidad #vulnerabilidad

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Ps. Silvia Filippi Barra - Las Condes - Chile

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